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LIBRO DE LECTURAS DE CUARTO DE PRIMARIA RIEB 2013 SEP MEXICO DE DESCARGA GRATIS TEXTO PDF

Esta edición del Libro de lecturas. Cuarto grado fue desarrollada por la Dirección General de Materiales Educativos (dgme) de la Subsecretaría de Educación Básica, Secretaría de Educación Pública. Con el objetivo de acercar a los niños y niñas a la literatura
contemporánea, aquella que se está produciendo día a día en México, hemos reunido en los libros lecturas de cuarto, quinto y sexto grados de primaria a escritores cuya trayectoria ya es parte
del patrimonio cultural de México. Consideramos que su aportación, realizada ex profeso para estos libros, promueve y estimula la formación de nuevos lectores. Asimismo, el apoyo de las familias es esencial para el desarrollo
del hábito de la lectura en los niños y jóvenes, por ello las convocamos a participar con nosotros en el propósito de hacer de la práctica lectora una actividad placentera. Cabe recordar a los padres la importancia de que sus hijos sean capaces de leer correctamente desde pequeños, ya que la eficacia en la comprensión lectora está directamente relacionada con el éxito en la escuela y en el futuro profesional. Por las razones antes mencionadas, mejorar los niveles de lectura en nuestro país debe ser una labor y un compromiso compartidos. Para alcanzar este objetivo, el libro que hoy tienen en sus manos ha sido concebido como un instrumento para impulsar la práctica de la lectura en la familia y cerrar la brecha entre el libro y el alumno.
Indice
Para temernos mejor
Rosa Beltrán
El misterio de las 5 cosas que
eran también 1 sola
Sabina Berman
Las alas de Ana
Laura Martínez Belli
Toma y daca
Jorge Volpi
El hámster del presidente
Juan Villoro
Otra historia de 5 cosas
que eran 1 sola cosa
Sabina Berman
El mayor regalo
Laura Martínez Belli
Lucía y Dientes de Perla
Pedro Ángel Palou García
Breve escena fraternal
Carmina Narro
Un lío morrocotudo
Ignacio Padilla
Camila y Mila
Guadalupe Loaeza
Flota, Demetria, flota
Laura Martínez Belli

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Este Libro de lecturas contribuirá a que, por una parte, los alumnos lean por placer, amplíen sus conocimientos generales y fortalezcan los valores para la convivencia familiar; por la otra, a estimular la participación de los padres de familia la tarea de fomentar la competencia lectora y el progreso educativo de sus hijos. 
A lo largo de nuestra vida, la lectura es una habilidad indispensable para el aprendizaje.
Con los libros saciamos nuestra curiosidad sobre los temas que nos interesan
y se nos abren las puertas a mundos llenos de imaginación y aventura.
Este libro ofrece una serie de textos que han sido seleccionados para despertar
el gusto por la lectura. Conviene adelantar que la lectura, como muchas otras
actividades, requiere entrenamiento y práctica, así, lo que en un principio parece
complicado y de poco interés, con la práctica será diferente: se convertirán en lectores
expertos, se divertirán y podrán compartir su experiencia con los demás.
La lectura es una empresa importante en la que alumnos, familia y maestros
debemos trabajar. La adquisición de la fluidez lectora permitirá, por medio de la
práctica y la retroalimentación constantes, desarrollar la habilidad de leer un texto
de manera rápida, precisa y con la dicción adecuada, para mejorar el rendimiento
académico y conseguir el éxito escolar.
Por lo anterior, es recomendable abrir un espacio de intercambio de experiencias
sobre la práctica de la lectura en la escuela y en el hogar, que funcione de
manera periódica (mensual, quincenal o semanal), en el que se comenten las lecturas,
las dificultades que se enfrentaron y las sugerencias, generales y particulares
acerca de los temas planteados en la sección “Para comentar la lectura”.

Leer en familia les dará la oportunidad de practicar diversas formas de leer, propiciará
un espacio de convivencia que fortalecerá significativamente el aprendizaje
escolar de los alumnos. Compartir la lectura con quienes nos rodean cumple varios
propósitos: buscar información, dar solución a situaciones problemáticas y conocer
escenarios, ambientes y entornos, que les permitan analizar, comparar y tomar
decisiones.
A continuación presentamos algunas sugerencias que pueden apoyar la práctica
de la lectura en casa:
• Acordar en familia el momento del día que dedicarán a la lectura
• Elegir un lugar tranquilo, agradable y con buena iluminación.
• Seleccionar juntos la lectura.
• En el caso de los más pequeños conviene que la lectura se realice siguiendo
el texto con el dedo. Esto les ayudará a relacionar la oralidad con la
escritura de las palabras, es decir, reconocer que “lo que está escrito, se
puede leer”.
• Comentar acerca del título a fin de anticipar el contenido del texto y platicar
de lo que se sabe del tema.
• Comentar sobre las imágenes de manera que los niños puedan recrear lo
que están leyendo.
• Que los niños identifiquen y nombren personajes y lugares de la historia.
• Permitirles que interrumpan la lectura y preguntarles lo que creen que
sucederá a continuación.
• Propiciar que sus hijos hagan comentarios sobre la historia, que cambien
algún pasaje a fin de promover la comprensión del texto y favorecer su
creatividad.
• Alternar el lugar de lector, pues un buen lector se hace con la práctica.
• Al concluir la lectura, conversar acerca de lo que leyeron. En este momento
es recomendable revisar con los niños o jóvenes las palabras que hayan
omitido o leído de manera incorrecta.
• Recurrir a la sección “Para comentar la lectura”, pues en ella se ofrece
una serie de temas y preguntas relacionadas con cada texto. Es un complemento
a las sugerencias, ideas y actividades que cada acompañante de
lectura proponga.
Recuerde que el maestro de su hijo lo espera en la escuela para apoyarlo.
¡Disfruten en familia la experiencia de la lectura!

Para temernos mejor
Rosa Beltrán
Ésta es la historia de una niña llamada Caperucita que se
sentía soñada porque nadie tenía ni sabía lo que era una caperuza,
y aquello le daba un gustazo enorme. Como todos en
su pueblo ignoraban de ropas de marca, decían: “Qué bonita
se ve la niña con la capa ésa”, y ella percibía cómo daba un
baile su corazón. No ignoraba que nunca habría otra Caperucita
más que ella y eso se llama originalidad.
Así pues, iba por el bosque con toda su alegría y presunción
a cuestas, pensando: “¿Me comeré o no me comeré uno de los
pastelillos que mandó mamá? Total ¿Quién lo va a notar? Y
además la abuela ya casi no tiene dientes.
Quién quita y hasta le hago un
favor porque así no se ahoga” En
esas estaba, cuando se apareció el
lobo y le preguntó lo que ya sabemos:
“¿A dónde vas?”. Ella
respondió como su mamá le
dijo que había que responder:
“Señor, yo no hablo con
extraños y menos si están
mal vestidos como usted”.
Eso bastó para que el
lobo cobrara interés y la
fuera siguiendo hasta
descubrir a dónde iba y
llegara a casa de la abuelita
tomando el atajo.
Una vez allí, el lobo
convenció a la abuela de jugar
a las escondidillas y logró
que se metiera al armario. La
abuelita, que estaba muy vieja
y muy sola, consintió en no salir hasta
que llegara el leñador que ella
imaginó como un príncipe que
vendría a sacarla y llevarla de
vuelta a sus años de juventud. Y
así, esperando, esperando se quedó
dormida. El lobo se puso el camisón y el
gorro y se metió a la cama.
Cuando Caperucita llegó, tocó varias
veces y al ver que no abrían se metió a
la casa. Fue al cuarto de su abuelita y entró. Claro que se dio
cuenta del engaño enseguida, pues su abuela no tenía esas
orejas, ni bigotes tan largos ni piernas peludas, pues usaba
cera de depilar. Pero fingió que todo era normal, porque a veces
las niñas fingen que no ven lo que están mirando para no
hacer al otro quedar mal. “Caperucita”, dijo el lobo, “¿No me
notas nada raro?” “Anda, hija, anímate a preguntar”. “No”,
respondió Caperucita, y se quedó tan tranquila. “Fíjate bien”,
dijo el lobo, “pon un poco de interés”. De modo que la niña se
sintió obligada a decir: “Está bien, ¿por qué tienes esos ojos
tan grandes?” y “¿por qué tienes esas orejas tan largas?”, y
todas esas preguntas que las niñas se ponen a hacer cuando
creen que un señor es tonto o cuando quieren hacerlo tonto o
cuando ya no saben qué hacer.
Después de un largo rato, volvió a tomar la canasta y dijo:
“Bueno, como ya te visité, ya me voy”. Entonces el lobo salió
de la cama, se quitó el gorro y el camisón y confesó: “Caperucita,
la verdad me disfracé. Déjame acompañarte, estoy
dispuesto a lo que sea con tal de tener tu amistad”. A regañadientes,
Caperucita aceptó, siempre y cuando no le hablara
mucho y caminara tres pasos atrás de ella. Lo traía para acá
y para allá, a puro quiero esto y ahora quiero lo otro, obligándolo
a cargar la mochila llena de libros o tratándolo como
trapo, según se le ocurriera. A veces, se lo ponía de estola y
entonces parecía una reina, toda de rojo y envuelta en pieles.
La gente se burlaba de aquel animal y decía: “ahí va un
alma de lobo en piel de oveja”. Pero él no escuchaba, tenía lo
que se dice una obsesión, que quiere decir que nada le importaba
en el mundo más que hacerse el amigo íntimo de Caperuza.
Y ella respondía como sólo sabe hacerlo una niña que
tiene a un lobo siguiéndola como un perro faldero: “Mira, lobo,
yo aquí como me ves, tengo mis propios amigos. Búscate tus
amigos tú.” Pero él no podía porque era un alma sola, un lobo
estepario. O lo había sido, hasta entonces. Y es que nunca se
sintió tan contento como brincando la reata o jugando a las
traes o atrapando moscas al vuelo con las puras garras o yendo
junto a ella en primera fila por delante de un grupo grande
de niñas llamadas seguidoras. “Son mis fans”, decía Caperuza
cuando él le preguntaba por qué a diferencia de él, ella nunca
estaba sola. “Yo ya no estoy solo tampoco”, respondía él, entornando
sus grandes ojos con embeleso, pero ella le aclaró:
“Es distinto. Tú no estás solo porque me sigues a mí, en cambio,
yo no estoy sola porque no dejan de seguirme.”
Tanto trabajó el lobo para ella que envejeció de un plumazo.
Y un día en que ella lo obligó a ponerse de tapete, estiró la
pata. Al principio, Caperucita pensó que se había librado por
fin, sobre todo del jueguito bobo de tener que preguntarle
por qué tenía esos ojos tan grandes, y esas orejas tan largas,
como si no supiera que así no era su abuelita. Pero como al
lobo le encantaba que le hiciera preguntas o no se sabía más
juegos, ella, por compasión, siguió con lo mismo durante tanto
tiempo. Lo raro es que cuando el lobo murió, Caperucita no
quiso ya tener seguidoras, ni se dedicó a buscar otro lobo, ni
siquiera se volvió a mirar al espejo. Algo debió de pasarle,
dijeron en el pueblo, porque una vez la vieron ponerse en cuatro
patas y aullarle a la luna.

Las alas de Ana
Laura Martínez Belli
Últimamente me ronda la sospecha de que mi amiga Ana no
es de este mundo. Hay algo en ella que la hace especial, diferente.
Cuando se enfada, se pone roja, roja como un jitomate,
y si uno está cerca, puede ver cómo le empieza a salir de las
orejas un hilo de humo blanco.
Y a la hora del recreo, cuando todos comemos los refrigerios
que nos mandan de casa, una fruta, un jugo o un sándwich
de jamón, ella se aparta de todos y se esconde detrás de unos
arbustos.
Así que he decidido espiarla. A ver si descubro por qué Ana
se comporta así. Llegó nueva este ciclo escolar y nos tocó trabajar
juntos en la misma mesa de trabajo. Habla poco. Creo
que es muy tímida. Me cae bien, pero no puedo reprimir la
idea de que esconde algo.
A la salida de clases, la sigo, teniendo cuidado de no ser
visto. Me voy escondiendo entre la gente. Me oculto tras los
puestos de revistas, o detrás de las cabinas telefónicas. Ella
no voltea. Va ajena, pensando en sus cosas. De vez en cuando
se detiene y gira la cabeza, como he visto que hacen los perros
al escuchar un silbato. Yo contengo la respiración y, tras
unos segundos, continúa avanzando.
Por fin, Ana llega a su casa. Es amarilla y tiene una puerta
color azul. Toca tres veces. Toc, toc, toc. Luego abren y ella
pasa sin saludar a nadie. Yo me acerco e intento asomarme
por una ventana. Y entonces, veo algo que me deja perplejo. Atónito. Sin habla.
Ana avienta la mochila sobre la mesa del comedor.
Después, se estira. Luego, se jala las orejas. Una
con la mano izquierda y otra con la derecha. Y entonces,
de su espalda brotan unas alas enormes,
bonitas, con plumas verdes. Ella se sacude y suspira.
Liberada. Como quien durante mucho tiempo tiene
que encoger los dedos en unos zapatos apretados.
Por primera vez, la veo sonreír. La veo enseñar una
fila de dientes blancos, radiantes, y sus ojos brillan
como miel traslúcida. Me parece feliz. Recorre la
estancia en busca de alguien. Alguien viene. Con mis
ojos sigo la ruta de la mirada de Ana. Y veo que corre
a abrazar a otro ser igual que ella.
Pero… ¿qué es, entonces, Ana? ¿Es un ángel?
¿Una niña pájaro? ¿Puede volar?
Tantas preguntas se me arremolinan de golpe,
que tropiezo sin darme cuenta con una maceta
de flores que hay en la ventana. La maceta
cae al suelo haciendo un ruido enorme. Y yo, salgo
corriendo por donde he venido sin esperar a
que me descubran.
Al día siguiente, Ana está sentada junto a mí.
Yo la observo con más curiosidad que nunca.
Sé que no sonríe porque está incómoda. Sus alas
están prisioneras en una cárcel que nadie puede
ver. La miro. Me mira. Siento que sospecha que
he sido yo quien espiaba por la ventana. O quizás,
pienso eso porque no puedo con el peso de
mi conciencia. Me muero por decirle que sé que
tiene alas, pero no me atrevo. No es el momento.
Y decido esperar al recreo.
Como Ana apenas habla, me es difícil encontrar
un tema de conversación. Además, ella
—otra vez— se ha ido a esconder tras los arbustos.
Pero me animo, me cargo de valor, y voy tras
ella. Me asomo cauteloso, y la veo allí, sentada,
viendo al cielo. Le digo “hola”, y ella me mira,
extrañada. Me temo que quiere estar sola. Pero
me da igual y me siento a su lado.
—¿Qué miras? —pregunto.
Ana, sin dejar de ver el cielo, me contesta:
—Las nubes.
Y entonces, suelto una pregunta tonta, absurda,
de la cual me arrepiento nada más sale de mi
boca. Pero le digo:
—¿Tu vivías allí?
Ana me mira curiosa. Sé que sabe que conozco
su secreto. Pero aguanto su fulminante mirada.
No digo nada. No quiero estropear el momento.
Y entonces, sucede algo increíble. Mágico.
Algo que no acabo de entender hasta momentos
más tarde. Ella me sonríe. Me toma de la mano
y me susurra al oído que cierre los ojos. Yo obedezco,
sin dudar. Siento una ráfaga de aire fresco,
como cuando se abre una ventana en un día
caluroso y comprendo, sin ver, que ella ha liberado
sus enormes alas.—Abre los ojos —vuelve a susurrarme.
Y al hacerlo, la veo tal y como es ella. Libre. Sin ataduras.
Sin secretos. Lista para volar.
Me agarra de las manos y emprende el vuelo. Nadie se
percata de que sobrevolamos sobre sus cabezas, absortos cada
uno en lo suyo. Las maestras corrigiendo niños, chicos jugando
futbol, la señora de la tiendita, un joven parando un taxi.
Nadie nos descubre, y yo no puedo creer que la gente no se
tome el tiempo de ver por encima de sus cabezas para vernos
volar por los aires.
Ella no me suelta. Yo siento el viento en mi cara. Volamos.
Volamos alto. El momento dura lo suficiente como para no
querer que acabe nunca. Me lleva a las nubes, que se deshacen
a nuestro paso como los hilos del algodón de azúcar.
Después, me deja en el suelo. Firme. Se acerca lentamente,
como para darme un beso en la mejilla. Pero en lugar de eso
me susurra al oído:
—Gracias —
y retoma el vuelo.

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