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TEXTO DE LECTURAS DE SEXTO DE PRIMARIA RIEB 2013 SEP MEXICO GRATIS

En este contexto, la selección de textos que  integran la presente publicación responde a tres propósitos: leer para tomar decisiones, leer para disfrutar la experiencia literaria y leer para aprender. Con el objetivo de acercar a los niños y niñas a la literatura contemporánea, aquella que se está produciendo día a día en México, hemos reunido en los libros lecturas de cuarto, quinto y sexto grados de primaria a escritores cuya trayectoria ya es parte del patrimonio cultural de México. Consideramos que su aportación, realizada ex profeso para estos libros, promueve y estimula la formación de nuevos lectores. A lo largo de nuestra vida, la lectura es una habilidad indispensable para el aprendizaje. Con los libros saciamos nuestra curiosidad sobre los temas que nos interesan y se nos abren las puertas a mundos llenos de imaginación y aventura.
Este libro ofrece una serie de textos que han sido seleccionados para despertar el gusto por la lectura. Conviene adelantar que la lectura, como muchas otras actividades, requiere entrenamiento y práctica, así, lo que en un principio parece complicado y de poco interés, con la práctica será diferente: se convertirán en lectores expertos, se divertirán y podrán compartir su experiencia con los demás.
Indice
Los sapos son pájaros que cantan
Beatriz Espejo
El cuento chino de Cornelio
José Gordon
Lotería Nacional
Luis Mario Moncada
Agujereado colador
Laura Martínez Belli
La recompensa de Nefru
Enrique Serna
Antonio y los Lectroides Púrpuras
(una aventura extraterrestre)
Pedro Ángel Palou García
La mujer que se casó con un mueble
Marlene Guerin
Rita, la punk
Sandra Lorenzano
Zazil
Laura Martínez Belli
El Señor Embajador
Beatriz Espejo
La mudanza
Elsa Cross
Julia y Manuel
Carmina Narro

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La lectura es una empresa importante en la que alumnos, familia y maestros debemos trabajar. La adquisición de la fluidez lectora permitirá, por medio de la práctica y la retroalimentación constantes, desarrollar la habilidad de leer un texto de manera rápida, precisa y con la dicción adecuada, para mejorar el rendimiento académico y conseguir el éxito escolar. Por lo anterior, es recomendable abrir un espacio de intercambio de experiencias sobre la práctica de la lectura en la escuela y en el hogar, que funcione de manera periódica (mensual, quincenal o semanal), en el que se comenten las lecturas, las dificultades que se enfrentaron y las sugerencias, generales y particulares acerca de los temas planteados en la sección “Para comentar la lectura”. Leer en familia les dará la oportunidad de practicar diversas formas de leer, propiciará un espacio de convivencia que fortalecerá significativamente el aprendizaje escolar de los alumnos. Compartir la lectura con quienes nos rodean cumple varios propósitos: buscar información, dar solución a situaciones problemáticas y conocer escenarios, ambientes y entornos, que les permitan analizar, comparar y tomar decisiones.

Los sapos son pájaros que cantan
Beatriz Espejo
Un poderoso señor tuvo un solo hijo porque la diosa de la fertilidad lo distinguió
únicamente en la calidad de su fruto. Los supremos sacerdotes dijeron que
era casi perfecto y le profetizaron buena fortuna. Lo llamaron Xcambó, o sea
cocodrilo celeste, para que al reinar tomara decisiones moviéndose con la cautela
de cuatro patas pegadas al suelo; sin embargo, auguraron también un temperamento
demasiado amoroso en desacuerdo con ese nombre de conchas verdes
que brillaban bajo el agua. Entre huesos de animales sacrificados y restos de
yerbas quemadas levantando humo hacia los aires, aquellos sabios controladores
del futuro vieron una irremediable tendencia a la pasión. El príncipe flaquearía
si alguna vez el amor le extendiera los brazos en señal de bienvenida. Pusieron
cara de profundo enojo, arrugaron más las arrugas de su frente, intercambiaron
opiniones y tras discutirlo aconsejaron tomar medidas protectoras.
El rey oyó atento, estoico y enigmático, cualidades con las cuales gobernaba.
Miró hacia lo alto y acariciando su collar de jades y turquesas no se entretuvo
en tomar decisiones. Apenas el niño dejara el pecho de su madre, iría a
un retiro custodiado por hombres donde se prohibiría que le hablaran de esos
sentimientos dulces y locos que los seres humanos tienen al enamorarse.
Construyó un palacio alejado de la ciudad y un laberinto lleno de trampas,
esquinas y pasadizos ciegos para que Xcambó supiera que la inteligencia rinde
frutos apoyada por el empeño de vencer los obstáculos que enfrentamos diariamente.
Allí, fue educado bajo la tutela de un maestro. Juntos observaban el
movimiento de los astros; la enorme rueda de las estaciones marcando solsticios
de verano e invierno cuando el sol se halla en uno de sus dos trópicos;
equinoccios de primavera en que los días son iguales a las noches en todas
partes; las épocas de florecimiento y cosecha.
El maestro cumplía órdenes. Se encargaba de que el príncipe ignorara caricias
y besos y, como era bondadoso, lo alejaba también de la crueldad y las
ofensas. Xcambó creció desinteresado en apariencia de conquistas militares y
humanas. Dispuesto a contemplar las constelaciones, la luz parpadeante de las
luciérnagas; a divertirse con el vestido verde de los loros orgullosos de su
perfil curvo y sus párpados arrugados; a escuchar la música de los insectos, el
suave tranco de los felinos, el zigzagueante desliz de los reptiles, el chillido de
los grillos. Hasta que fue un adolescente. Entonces sus ojos parecían quejarse
de la suerte, no porque sintieran nostalgia de su niñez solitaria sino porque
añoraban el porvenir. Las matemáticas que su maestro se esforzaba en enseñarle
le servían para contar las horas de su encierro resbalándose hacia el momento
de su liberación, en que de acuerdo con su rango participaría de las
imposiciones y delicias cortesanas, portaría los trajes apropiados para integrarse
como otros jóvenes a los juegos de pelota y aprendería las tácticas necesarias
para ser gobernante.
Aunque su horizonte se recortaba en matorrales y arbustos, su prisión le
dejaba ver el Castillo de Kukulcán parado sobre sus pies de piedra entre los demás
edificios, cambiando de color bajo la luna como un macho en medio del
escenario dispuesto a que admiraran su hermosura. Desde otro ángulo, Xcambó
identificaba la cabeza redonda del observatorio astronómico, donde le
hubiera gustado mejorar sus estudios, y muchas casas llenas de personas entretenidas
en tareas cotidianas; pero mientras más pasaban los años más se
aburría vagando por su laberinto. Quería que los mercaderes le revelaran
aventuras en países remotos. Algo le decía que atrás de la selva lo esperaba la
sorpresa. Y por esos impulsos suyos apenas reprimidos, que los adivinos juzgaban
tan malos, se aseguraba que en algún sendero iba a sucederle un encuentro
maravilloso; sin embargo esa felicidad estaba tan lejana que su corazón
palpitaba despacio, el desgano se apoderaba de su cuerpo y las ojeras empezaron
a extenderse por sus mejillas.
El maestro, que como todos los sabios sabía bien poco, no aliviaba su tristeza.
Le hacía promesas que no podía cumplir y escapaban por las puertas
o le enseñaba poemas con palabras leves y profundas que se aposentaban en el
alma del muchacho. Repetía que el secreto es permanecer activo, plantar maíz,
chiles y frijoles, cultivar henequén, labrar surcos para darse a conocer; pero eso
eran normas adecuadas a los habitantes de las casas con techos de palma. La suerte
del príncipe sería principesca y consistiría en conducir un pueblo. El maestro le
enseñaba entonces las estrategias que la historia testimoniaba en códices pintados
por los antiguos, leyes que los legales practican, la bondad de quienes dejan recuerdos
felices, los secretos de las plantas al desenvolver su corola sin que nadie lo note
y de los sapos, pájaros que cantan cubiertos de verrugas, llamando a las hembras
con su sonsonete espaciado y terco.
Xcambó, a pesar de la paciencia que practicaba por disciplina, se ahogaba de
impaciencia. A su tristeza sucedía la desesperación. Su alegría se volvía mal humor
como si lo angustiaran dolores creciéndole por dentro. Del decaimiento
entraba a las ansias de correr a zancadas para tropezarse con su destino. El maestro
aceptaba que sus lecciones no guiaban lo suficiente a un discípulo tan inquieto. Le
regaló un perico cresta amarilla que contaba leyendas e historias. Les añadía ese algo
inefable que la literatura rescata para que el mundo sea más bello y la gente sienta
como si se bañara en un cenote de agua clara. Al príncipe le gustaron y le sirvieron
para meditar. Y entre el perico y el maestro lo adiestraron además en el lenguaje de
las aves, que habían aprendido de sus propios maestros, y que entendería cualquier
niño, cualquier campesino entregado al cultivo de mameyes o zapotes, cualquiera
abuela dispuesta a permanecer escuchando el susurro de las cosas.
Después de unos meses, el príncipe comprendió la conversación de las lechuzas,
unas señoras muertas de sueño y cargadas de vanidad que dominaban
los enigmas del más allá hablando de ciencias ocultas hasta para los curanderos
y se metían en problemas de alta metafísica. Se comunicó con el murciélago
que tal vez por sus largos encierros en las grutas no mostraba simpatía hacia
los extraños ni se interesaba en nada fuera de sus recorridos oscuros. Disfrutó
los trajines del chupamirto moviendo sus alas con rapidez y brillos metálicos
por el jardín del trópico, admiró sus cabriolas y giros airosos. Interpretó a la
golondrina que se acomodaba en las paredes, se mudaba pronto y jamás establecía
amistades duraderas. Descifró a los cuervos parados sobre las enramadas
con su cola y su nariz afilados como cuchillos de obsidiana. Y escoltó con la
mirada el rumbo de los tucanes, llamados pam, formando bandas de doce que
dejaban al volar manchas amarillas, naranjas y rojas y sueños enrollados como
bolitas. Y de todas esas aves Xcambó tuvo enseñanzas importantes.
Se fueron los calores que blanqueaban las fachadas de los templos y sacaban
humo de la tierra. Se fueron con sus atardeceres tibios parecidos a un regalo.
Llegó la bendición de las lluvias. Los aguaceros reverdecían el campo.
Llegaron el otoño y el invierno con un ligero frescor. La rueda del tiempo
trajo consigo nuevamente la primavera en que las avecillas se emparejaban y
buscaban rincones para formar nidos. Los gorriones gorjeaban en lo alto de
los tamarindos. Aquellos nidos y emparejamientos se acompañaron por clamores
del polen fecundando plantas y los zumbidos de las abejas alrededor de
sus panales. Y el amor cantó en el viento. Anduvo recorriendo chozas, cámaras
de palacios, escaleras de adoratorios. Se enroscó en el tronco de un caobo.
Ese Kuché medía veinte metros y al contacto del amor se tiñó de rosa y lo
mismo le sucedió a un mango que tocaba el firmamento con los brazos. Sus
hojas le hacían señas relampagueantes al príncipe que participaba del contento.
Las palomas se enamoraban. Reptaban las orquídeas por las ramas y el amor seguía
bailando entre trinos que aumentaban durante los atardeceres
cuando los pájaros formaban ruidosas parvadas arriba de las ceibas. Y el príncipe
apreció el ritmo imparable de la vida. Escuchó decir amor a una voz que
no había oído antes. Convencido de que las matemáticas y los cálculos astronómicos
no le servían para enamorarse, quiso que su maestro le explicara
aquel milagro, que le descubriera el escondite de su pareja. El maestro asustado
le dijo que lo ignoraba, que esperara los designios de su padre, pues el amor que trae tanta alegría también causa desventuras; además, los príncipes
se casaban por alianzas pactadas entre gobernantes para servir a sus reinos.
Pero ninguna de estas razones apaciguaron a Xcambó. Sentía el amor en torno
suyo y deseaba participar en su banquete.
La mañana se acurrucaba bostezando en el cielo que de oscuro se teñía de
azul pálido aún sin esas nubes que lo llenan de figuras. El príncipe había dormido
mal. Puso sobre su hombro al perico que no paraba de hablar, entró en
el laberinto y se dolió de su juventud sin compañía; aunque esa misma juventud
le daba fuerzas y rompía la sumisión a la que lo habían condenado los
falsos consejeros, le prestaba impulsos para enfrentarlos. Sabía de memoria las
trampas y enredos del laberinto, salió aprisa y caminó procurando no ser descubierto.
Le preocupaba su maestro; sin embargo se propuso volver pronto
para pasar inadvertido. Nadie se dio cuenta de su fuga. Nunca lo habían visto
y no sospechaban que tuviera la valentía de abandonar su cautiverio.
Como aún era muy temprano encontró, acomodada en un tronco hueco,
a una lechuza enemiga de la luminosidad y del ajetreo de los demás animales.
Mal humorada, dejó que el príncipe le preguntara si sabía la manera de hallar
a la princesa que de seguro lo esperaba con los mismos deseos que él sentía.
¿Piensas tú, le repuso, que le resuelvo problemas a enamorados de mujeres
que ni siquiera han visto? Soy una intelectual y mis pensamientos trepan muy
alto. Mejor pregúntale a un cuervo amigo mío. Después de vivir años dando
tropezones se ha vuelto hechicero, hasta los coyotes lo consultan cuando tienen
problemas. Lo verás cerca de aquí. Luego a la lechuza se le erizaron las
plumas, entornó sus linternas amarillas y dio por terminado el diálogo.
El príncipe no tuvo más remedio que andar hacia el poniente hasta toparse
con un cuervo andrajoso y encanecido. Se había quedado tuerto y se sostenía
en una pata. Fijaba envidioso su ojo sano en un pájaro azul, con dos
manchas púrpuras sobre el pecho, empeñado en comer mosquitos. El príncipe
se acercó con el temor que inspiraban los poderes sobrenaturales del anciano,
incluso su perico mostró una reverencia desacostumbrada. Y no lograron abrir
la boca. El adivino adivinaba sus pensamientos. Ya sé que buscan a la hermosa
que se unirá contigo aunque estés recién salido del cascarón. No debiste
desafiar a tu padre porque de cualquier modo él previó ya un matrimonio
conveniente. Y lo que ha de ser, será, dijo agorero.
A Xcambó le pareció aquel cascarrabias demasiado conservador. Inconforme
con la respuesta, se adentró en una vereda abierta en la vegetación por el misterio.
Anduvo sin parar hasta que las piernas le dolieron y la tarde ensombreció su
caminata. El perico se había callado montado en el hombro volteando a derecha
e izquierda para prevenirlo de algún desastre. Muy cansados, acabaron sentándose
bajo la copa de un árbol que sangra. Cansados, se durmieron pronto; pero
despertaron como si estuvieran en medio de algún temblor. El príncipe sintió un
golpe duro en la cabeza, el perico revoloteó enojadísimo, perdió algunas plumas
y olvidando la frialdad aristocrática que imitaba por haber estado en palacios
escupía maldiciones y le pedía al príncipe regresar. El amor le daba risa porque
jamás lo había sufrido y juzgaba aquella peregrinación como los caprichos de un
niño bobo.
Pero al instante quedaron sorprendidos. Descubrieron que del árbol acababa
de desprenderse un regalo. Una uol, hecha con la sangre blanca del hule
rodó a poca distancia. La bola refulgía diciendo que el príncipe estaba listo
para adiestrarse en el juego de pelota. Y Xcambó la recibió dichoso y la sostuvo
entre sus manos.
La noche con su abundancia de luceros era un espectáculo precioso y la
selva comenzaba su concierto de rugidos. Los viajeros inexpertos se creyeron
rodeados por una manada de jaguares; pero los jaguares no son tan roncos. Se
acercaba una tropa de monos saraguatos avanzando en fila apoyándose en sus
manos, saltando sobre los follajes auxiliados por su larga cola que los pequeñitos
emplean para agarrarse de sus madres. Xcambó y su compañero los dejaron
ir. Vieron estrellas fugaces cayendo al abismo y, como no sabían qué hacer sin
un guía, no abandonaron su refugio hasta que el alba filtró entre las ramas espejos
que cambiaban de lugar y dos iguanas contemplaban quitadas de la pena
inflando las bolsas de su cuello.
Cruzó un conejo, cruzó un faisán, un venado les indicó moviendo su cornamenta
que lo siguieran. El príncipe apretó su bola y continuaron el recorrido
hacia el asombro. La vainilla exhalaba aromas, los bejucos acompasados
les abrían paso, los chicozapotes y las guanábanas se ofrecieron como alimentos.
Los saludaron una hilera de flores silvestres con sus pistilos parados de
puntitas y sus pétalos puntiagudos. Los cacaos dejaron sus granos como señal
de que iban en dirección correcta. Los sapos entonaban su canción y las ranas
saltaban convertidas en pulidas esmeraldas. Ya no tuvieron dudas. El perico
se adjudicó todos los méritos y creyó que ganaría un lugar en el paraíso arreglando
casamientos. Y al terminar la vereda, como si hubieran dado con el
final del arcoiris deshilachando sus cintas de colores, como si hubieran hallado
un tributo de joyas preciosas, encontraron a una princesa que le extendía
los brazos a Xcambó. Había huido del palacio y del laberinto donde la recluyeron,
porque al nacer los supremos sacerdotes pronosticaron que su temperamento
amoroso no correspondía a su destino real.

El cuento chino de Cornelio
José Gordon
“¿Quién cree en el amor a primera vista?”. Cornelio escucha atentamente las
palabras de la profesora Luisa María. Los estudiantes se quedan callados. Cornelio
levanta una mano que nadie ve. Ni él mismo. Tiene los brazos cruzados
para tratar de tapar un agujero a la altura del corazón en el suéter rojo desteñido
del uniforme de la escuela.
La mañana es oscura. La luz de un foco pelón está encendida en el salón
de clases. La llovizna salpica los vidrios de la ventana. Cornelio no siente frío.
¿Por qué las palabras de la maestra le dan calor? ¿Por qué crean una gran burbuja
que lo envuelve y hacen que no se sientan los ruidos de la calle?
La profesora está leyendo un cuento de un escritor japonés: Jakuri Muramaki.
Habla de un hombre que se cruza en la calle con la chica cien por ciento
perfecta. El corazón de él (y el de Cornelio) palpitan como si hubiera un
temblor de tierra cuando la maestra lee las palabras: “Desde el instante en el
que percibí su silueta, mi corazón se puso a palpitar como si hubiera un temblor
de tierra, mi boca se secó como si estuviera llena de arena.” La boca de
Cornelio también se llena de arena. De repente ve una sombra en los ojos de la
maestra y siente una punzada en la boca del estómago. La profesora continúa
el relato: “el hombre y la mujer no se dicen nada. Se alejan para siempre”.
—¿Ustedes qué hubieran hecho? —pregunta la maestra. Nadie se atreve a
dar una respuesta.
—Recuerden que es la pareja ideal —insiste la maestra.
Federico, que se cree el galán de la clase, levanta la mano:
—Yo le hubiera preguntado la hora, un primo mío dice que eso nunca falla
para ligar.
Se oyen risas burlonas y la voz perdida en medio de murmullos de una
niña:
—¡Pero qué falta de imaginación! ¡Qué tal si te doy la hora y de todas
maneras te vas para siempre!
Es la voz de Rossana. Cornelio la reconoce. Sólo con escucharla su corazón
palpita. Baja el rostro moreno —que siente de color rojo— para que nadie
se dé cuenta de lo que está pasando. ¿Qué hubiera dicho el muchacho del
cuento?, se pregunta Cornelio en voz tan bajita que ni siquiera él mismo se
escucha.
La profesora pregunta:
—¿Saben lo que el muchacho del cuento hubiera dicho?
Cornelio sonríe. Levanta la vista. La maestra sigue con la lectura. Cornelio
puede ver al muchacho del cuento que se acerca con la chica y que ya sabe lo
que le hubiera dicho: que hace muchos años, dos jóvenes solitarios estaban
convencidos de que en alguna parte existía la persona ideal que les estaba destinada.
Afortunadamente, el milagro ocurrió. No lo podían creer. ¡Qué suerte
un encuentro así!
Cornelio pensó que también tenía mucha suerte, pero por otra razón. Le
encantaban estos momentos en los que la profesora les decía: “Les traigo un
regalito” y se ponía a leerles un cuento y apuntaba en el pizarrón los nombres
de los autores. Cornelio apuntó también en su cuaderno el nombre del escritor
que sonaba a un restorán japonés, como el que veía de lejos en el camión que
tomaba para visitar a su tía. Cuando volvió a ver el pizarrón se dio
cuenta que no había escrito bien el nombre. Tachó y escribió con
letra muy pequeña pero grande como su timidez: Haruki Murakami.
La maestra seguía leyendo el cuento: “el hombre y la mujer no
podían creer tanta felicidad. Decidieron hacer una prueba. Si eran
de verdad el uno para el otro, se volverían a encontrar por
casualidad, de la misma manera milagrosa”. Cornelio vuelve a ver una sombra en los ojos de la maestra. Ella continúa el relato: “los
muchachos se volvieron a encontrar varios años después. Se cruzaron en plena
calle sin saber qué decirse y desaparecieron en la multitud, cada uno por su
lado, para siempre”.
Los estudiantes están en completo silencio. La maestra levanta la vista del
libro. Observa la llovizna que salpica los vidrios de la ventana. Ve el reloj y
concluye:
—Así se van en nuestras vidas los encuentros que perdemos por falta
de palabras, por falta de imaginación.
Ve el reloj nuevamente. Suena la campana.
Cornelio pide permiso para usar la computadora de la escuela. Busca el cuento
de Murakami y lo imprime. Lo guarda en su mochila y lo lee una y otra
vez. Investiga sobre el escritor japonés. Sabe que a la maestra le gusta preguntar
sobre los cuentos que les lee. ¿Cuáles son los que más les han gustado?
¿Cómo se relaciona el cuento de la semana pasada con sus vidas? ¿Qué han
averiguado sobre los escritores?
Cornelio levanta la mano. Para su sorpresa su mano realmente está levantada.
Su voz es muy bajita y tierna:
—Maestra. A mí me gustó mucho el cuento de Murakami. Lo que averigüé
de él y que me llamó la atención es que dice que nunca publica un libro sin
dárselo a leer a su esposa. Eso se me hizo muy gracioso. ¿Por qué tiene que
pedir permiso a su mujer? Es raro eso. ¿No? Pero la verdad me gustó —los
compañeros se sorprenden al oírlo hablar en clases. Se sorprenden más cuando
Cornelio dice que quiere leer una carta que acaba de escribir. Sus palabras
son pronunciadas con gran rapidez, como en un suspiro:
—El cuento de Murakami me gustó en parte porque estoy enamorado.
En el salón de clases estallan las risas y el bullicio, como cuando todos salen
al recreo. La maestra pide silencio con un gesto. Le dice a Cornelio que continúe.
Cornelio abre de manera nerviosa una hoja doblada tantas veces que parece acordeón
para un examen. Se arma de valor y lee sin levantar la vista:
—Querida amiga. Hola. Espero que te encuentres muy bien. Te escribo
esta carta para saludarte y también para compartir contigo algo que he estado
pensando. Cuando leímos el cuento de Murakami, como se dice, me quedó el
saco. Contigo me pasa algo parecido. Te veo y me hacen falta las palabras.
Leer este cuento me hizo pensar que debo quitarme la timidez que tengo para
hablarte, porque si no me pasará lo mismo que al de la historia y no quiero
que eso ocurra. Por eso he tomado la decisión de sacar a la luz mis sentimientos.
Estoy seguro de que, aunque casi nunca hemos hablado, sabes lo que
siento por ti. No puede ser que a mí sea al único que me esté pasando esto. Si
estamos destinados a ser amigos, te esperaré a la salida en el patio, debajo de
la canasta de básquet. Espero que no te incomode lo que escribo. Me despido
y agradezco que hayas escuchado esta carta.
Cornelio levanta la vista. La maestra empieza a aplaudir lentamente. Las
niñas se unen a los aplausos. Los compañeros poco a poco también aplauden
hasta que retumba todo el salón.
Cornelio está solo, parado bajo la canasta sin redes del básquet. Su mochila
está en el suelo. El sol pega con fuerza. En los pasillos del segundo piso de la
escuela sus compañeros se asoman para verlo. Algunos se burlan:
—¡Cornelio Murakami! A ver si aprendes que la vida no es un cuento
chino.
Suenan las carcajadas. Cornelio sigue parado, como una estatua pequeña.
Se ve todavía más bajito de lo que es. No es un cuento chino. Es un cuento
japonés, piensa Cornelio mientras se ríe por dentro.
Las niñas salen juntas, en bolita, de la escuela. Rossana se queda viendo al
autor de la carta. Cornelio se emociona, pero como en el cuento, ella pasa de
largo sin decirle una palabra. Se aleja junto con sus amigas. Es un cuento como
el de Murakami. ¿Se puede contar de otra manera?
A Rossana también le había gustado el cuento de Murakami, entonces se
dio la vuelta y modificó la escena final. Esto, aunque parece de película, sucedió
realmente cuando terminaba el año de la generación de sexto de primaria. Ante
la mirada atónita de sus amigas y de sus compañeros, bajo la luz intensa del
sol, bajo la canasta de básquet, se distinguían dos siluetas en las que relumbraban
unos suéteres rojos.

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